Cuando visito a mi padre, él siempre está esperándome. Nunca me había esperado para nada, pero ahora sí lo hace. Siempre está ahí. Siempre estamos perdonándonos. A veces me cuesta entender que el hombre que me enseñaba a montar bicicleta y me hacía ver las películas de james bond y bruce lee esté cubierto ahora de claveles amarillos y blancos. Parece mentira que siempre esté esperándome. Nunca nadie lo esperó en ningún lugar. Mi viejo era un ex policía sin trabajo ni domicilio fijo. Decía “ya vengo”, pero nadie sabía cuándo vendría. Ni él mismo. En cambio, ahora el tipo está aquí, incluso le estoy rezando. No es fácil limpiar las letritas blancas del hombre que lleva mi mismo nombre ni tampoco recordar qué lo llevó a pegarse un tiro en la sien.
viernes 20 de marzo de 2009
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Si no tuviera suficiente billete y sólo me alcanzara para comprarte una de las cuatro primeras entradas. Me quedaría con ésta! El sabor a "la Sepultura" de Borges que hace de la muerte la solución de un acertijo; la referencia a la trinidad viejo-cine-niñez (aunque el culto al Pequeño Dragón me lo enseñé solito ya que todo lo chino que no fuera de la República Popular siempre le supo a traición a mi errado viejo); el misterio de la vida que nuestros padres tienen a nuestras espaldas;la Tradición, que puede hacer de uno un religioso sin dios; la Muerte, ése gran "Viaje a ninguna parte".
ResponderSuprimirSi, sin menospreciar a sus hermanitas, esta me gusta. Matatiru tirulá!
he contado lo que tengo; no es suficiente
ResponderSuprimiry lo que necesito no me atrevo a decirlo...
leonard cohen