sábado 21 de marzo de 2009

VIII

La escena en que madre me visitaba los domingos era la escena en que una madre visita a su hijo preso por un crimen que no cometió y a la vez la visita de un hijo preso a una madre sufrida. Tenía como ocho años supongo. Llegaba algunos domingos por la tarde trayéndome algún chocolate. Pero yo vivía con mi abuela desde los tres años y eso nadie lo cambiaba. Ni todos los chocolates del mundo. A veces, mi madre se reía conmigo porque yo siempre estaba tratando de hacerla reír. Pero siempre había un espacio en blanco que mi madre agarraba al vuelo y llenaba como una loca contándome de que no tenía plata para la comida, que mi padre no le dejaba nada, que le habían contado que se emborrachaba, que paraba con mujeres, que ya estaba grande y por eso me podía contar esas cosas, que mis hermanas andaban sin zapatos por la tierra, etc. Yo solo podía escuchar olvidándome de la edad que tuviera y mirar sus lágrimas y sentir que seguía estando tan solo como cuando me quedaba en esa casa inmensa, con tíos que se iban a trabajar, con padre que corría para aquí y para allá, con abuelos cansados de la vida y con juguetes que habían aprendido a moverse solos por hacerme ese favor.

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