Abuelo de espaldas, inclinado en su escritorio, escribiendo con esa letra bonita o dibujando mapas. Él era comandante del Instituto Geográfico Militar y tenía un telescopio para mirar las estrellas. Mi tío Gustavo vivía también en casa. Era alcohólico y nadie quería darse cuenta. Lo único que me pedía por las mañanas de resaca era que le trajera un vaso de agua del caño con hielo y preguntarme qué había hecho o que había dicho. Varias veces mis otros tíos y mi padre le pusieron el ojo morado. Pero mi abuela decía que no había que golpearlo porque luego tenía que ir a trabajar como asesor de un viceministro. Un día le robaron su reloj y lo arrojaron del puente 28 de julio. Cayó en la vía expresa donde los autos iban a 100km p/h. Estaba borracho, así que supongo que no sintió nada. En todo caso, eso es lo que quisimos creer. Se quedó tirado horas a un costado de la vía expresa. Cuando miras las estrellas te sientes tan lejos. Las estrellas se confunden con el olor del cigarrillo de mi abuelo. O con el sonido de la campana que tocaba mi abuela para que bajemos a almorzar. Las estrellas y los cigarrillos y las campanas. Pero mi abuela me pedía que le leyera las defunciones para ver si había alguien conocido. Le encantaba. Y me encantaba leerle algo. Los niños son así. Aprendes una cosa y ya lo estás demostrando a todos. Mi abuelo tenía una pluma de tinta china, compases y varios mapas. Mi abuela tenía unas joyas muy finas y unas ollas de acero inoxidable. Mi tío Gustavo me regalaba estampillas y carritos importados y harta propina para hacerme feliz. Mi padre me leía la Biblia y me hacía ver películas de james bond y bruce lee y me enseñaba a montar bicicleta en lo alto del puente México. Mi madre venía los fines de semana trayéndome chocolate sublime y a una de mis hermanas para jugar. Le tengo terror a las alturas y detesto los chocolates de maní.
martes 31 de marzo de 2009
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