jueves, 16 de abril de 2009

XXVII

Mi padre hacía 35 planchas y 95 abdominales. Cuando mis abuelos lo hicieron postular al Leoncio Prado no podía ni agacharse. Todo para no ingresar a un colegio de cachacos. Siguió su camino como una bala perdida, como la que taladró su sien treinta años después. A veces mi madre me iba a recoger a mi colegio de primaria y los hombres le silbaban. Tenía un cuerpo excepcional y trabajaba en una peluquería de Lince. Una vez me dijeron que era mejor correr como boxeador. Es decir, nunca debías abrir la boca. Tenías que respirar por la nariz. Y es así como lo hago. A un buen ritmo. Controlas mejor la respiración y te cansas menos. Otra vez me dijeron que era mejor no mirar hacia el horizonte sino siempre al suelo. Nunca recuerdas quién te dice todas esas estupideces, pero haces caso. Solo piensas en la respiración y en el ritmo de los pies. Nunca llegas a ningún lado y las calles están remolonas y en silencio por la madrugada. También puedes escuchar el sonido de las hojas de los árboles o los gorjeos de las aves. Te olvidas de todo. De un lado para otro, vas recogiendo tus pasos en esta ciudad con tufo de muerte y no tienes por qué dar explicaciones a los fantasmas que sonríen tras los árboles.

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